Mayo - Agosto 2007
N.74

Relevo en las ciencias sociales latinoamericanas.
Estudios culturales transdisciplinariedad y multidisciplinariedad

Roberto Follari, Argentina (Diálogos de la Comunicación Edición N.63)

 

Ya hemos realizado un trabajo previo donde relacionamos cierto auge de las posturas que se pretenden “postdisciplinarias”, con posiciones y detentamiento del poder dentro del espacio académico(1). Señalamos que la retórica de superación de la departamentalización universitaria como poder cristalizado, carece habitualmente de seriedad conceptual e ideológica. Sostenerla con una suficiente rigurosidad, exigiría proponer una estructura académica alternativa (cosa que no vemos que se practique) y demostrar que esa nueva estructura concentraría el poder de manera significativa-mente menos marcada que la departamental. Afirmamos que se trata de posturas que en realidad han reemplazado la crítica del poder académico, por la de la departamentalización, lo cual permite ejercer veladamente otros modos de tal poder académico ahora “antidisciplinario”, tales como la ocupación simultánea (en nombre de la interdisciplina) de varios espacios disciplinares y departamentales a la vez (lo cual, obviamente, es muestra de cierta necesaria inadecuación a la especificidad de cada una de ellos), o la ubicación privilegiada en los “Area studies” tan propios de las universidades estadounidenses, en los cuales no se ve que el poder institucional se haya diluido (y no hay en realidad ninguna razón por la cual se debiera haber esperado tal dilución).

No vamos ahora a repetir más al respecto, pero sí queremos dejar despejado cualquier “obstáculo epistemológico” ligado a la pretensión -sin duda ilusoria- de que proponer lo inter o transdisciplinario guarde de por sí algún especial valor democratizante o crítico. Basta advertir que la propuesta a menudo proviene desde quienes detentan lugares muy altos en la pirámide de poder académico (en nuestro trabajo anterior, presentábamos el caso de J.Derrida, haciendo tal propuesta en las universidades de Estados Unidos)(2).

Queremos hacer una aclaración primera: en nuestros trabajos (también en este), cuando utilizamos las expresiones “transdisciplina” e “interdisciplina”, lo hacemos de una manera que invierte los significados que mayoritariamente se encuentran en la literatura sobre el tema. La actual nueva oleada de moda interdisciplinar, se plantea en nombre de la transdisciplina. Es que por interdisciplina suele entenderse la interacción de disciplinas diferentes (a través de sus categorías, leyes, métodos, etc.), en el sentido de que las modalidades de una de ellas sirven al objeto de otra, y son incorporadas por esta última (por ejemplo, la noción de estructura tomada por Levi-Strauss desde la lingüística). Y por transdisciplina, en cambio, el tipo de interrelación que une orgánicamente aspectos de diversas disciplinas en relación con un objeto nuevo no abarcado por ninguna de ellas(3).

En nuestro caso utilizaremos invertidamente esos términos. Tal decisión no es un simple capricho, sino que responde al hecho de que, cuando hicimos en México nuestro prolongado estudio inicial sobre esta temática, ese era el uso predominante. Y mayoritariamente la literatura sobre la cual se estableció entonces (y desde entonces en adelante) la discusión en aquel país, mantuvo tales nomenclaturas(4).

Hecha la salvedad anterior, señalaré con total brevedad la tesis que entonces sostenía, y que, basada en la epistemología bachelardiana, todavía considero válida (o cuanto menos, no advierto que haya sido argumentativamente refutada): la unión interdisciplinar no tiene nada de “natural”, es siempre precaria y problemática. Las ciencias no se constituyen desde el continuum de lo real, sino desde la discontinuidad de los puntos de vista racionales que estatuyen los objetos teóricos diferenciales(5).

En atención a lo dicho, la tendencia de los discursos de las diferentes disciplinas no es reunirse en una confluencia natural, ni tender a una coherencia mutua. Por el contrario, la relación se establece en la inconmensurabilidad planteada por Kuhn, sólo que de una manera aún más radical, dado que él lo hacía sólo para diversas teorías pertenecientes a la misma disciplina(6).

Los lenguajes de las ciencias son mutuamente intraducibles, y fuertemente diferenciales, promoviendo una Babel a la hora de su mutuo discernimiento.

Además, la disciplinariedad no es un mal epistémico a exorcizar. La especificidad de las disciplinas no es una maldición que hubiera caído sobre el previo logro de un conocimiento unificado, sino el procedimiento analítico imprescindible para avanzar en el conocimiento científico. No habría ciencias, si estas no se hubieran especificado diferencialmente entre sí, terminando con la previa unidad metafísica del conocimiento. De manera que habrá que cuidarse de, bajo la idea de acercar las disciplinas en algún enriquecimiento potenciador, volver a situaciones “predisciplinares”. Es decir, existe -si no se hace la discusión epistemológica necesaria- la posibilidad de estipular discursos ingenuos sobre la supuesta superación de las disciplinas, que en realidad no sean superación, sino simple negación de su especificidad constitutiva.
Por ahora debemos dejar constatado que la necesaria discusión epistemológica para hablar con seriedad de la cuestión interdisciplinar, suele estar ausente. El discurso pasa por la retórica “antidisciplinar” que da por sentado que sería naturalmente positivo “superar” las disciplinas en lo que tendrían de cerrazón y aislamiento, y en ligar sin más la cuestión a la de la estructura organizativo-académica departamental, como si una cosa y la otra no debieran tratarse con especificidad y densidad en cada caso propias(7). No encontramos ni propuesta epistemológica coherente para justificar los intentos interdisciplinares, ni diferenciación de este tema con el de la organización de lo académico, ni discusión especializada sobre esto último. El lenguaje sobre lo interdisciplinar linda con el juego retórico puro: “Para mí, es tan importante nutrirme en estos autores que acabo de citar (científicos sociales, nota de R.F.) como en Win Wenders o en Peter Greeneway”, afirma García Canclini. Y luego: “la transdisciplinariedad se ha visto en la necesidad de abrirse hacia estos modos “menos racionales” de aproximación a lo real”(8).

Dejemos de lado la referencia al arte como “menos racional”, seguramente propio del lenguaje apresurado de una entrevista, de parte de un experto en consumos artísticos. Aquí se incluye bajo la noción de transdisciplina, discursos que no son disciplinas científicas. Ello, ciertamente, requeriría criterios epistemológicos específicos, aún mucho más complejos que los que tampoco son traídos a cuento -pero serían necesarios-para la transdisciplina tal cual habitualmente se la entiende (relación dada exclusivamente entre ciencias). En cualquier caso, si se mezcla ciencia y arte, habrá que ver en qué sentido (para hacer un discurso científico o artístico), o de lo contrario habrá que asumir abiertamente la no pretensión científica del propio discurso (al respecto, hay vacilaciones en García Canclini, quien ha sostenido que los EC son “sólo narrativas”. Pero lo ha hecho en un artículo en el que a la vez supone la superioridad de los EC sobre otros discursos de las ciencias sociales... eso implica sugerir que estos últimos tampoco son científicos, o que la ciencia es menos explicativa que las narrativas, lo cual creo que ya llevaría a un embrollo epistemológico mayor)(9). De cualquier modo, esto intenta ser desplazado como si no constituyese un problema: “La vigilancia epistemológica es uno de los lados de Bourdieu que no me gustan. Además de las implicaciones policiales, que no hay que adjudicarle necesariamente a Bourdieu, esa noción tiene una cierta coherencia con posiciones de estrictez, de sistematicidad, que me parecen demasiado rígidas”(10). Dejemos nosotros de lado la poco pertinente referencia a lo policial... ¿Qué implicación tiene rechazar la exigencia epistemológica? ¿Desde cuándo los criterios de cientificidad son una especie de rémora de la que nos podemos desprender desde un simple gesto de fastidio?

Será tal vez como resultado de tal abandono de lo epistemológico, que encontramos a menudo en este autor la asociación aproblemática e inmediata entre multiculturalismo y transdisciplina. Se está suponiendo que porque nos interesa la diferencia, hacemos la mezcla disciplinar. Y porque estudiamos el multiculturalismo, lo hacemos transdisciplinarmente(11). Por cierto, las citas al respecto podrían multiplicarse.

Es incomprensible la precitada asociación, salvo en el plano de lo expresivo. Conceptualmente, se trata de dos cuestiones por completo independientes. No se ve por qué no se podría estudiar disciplinarmente el multiculturalismo (por ejemplo, desde la antropología), y tampoco es obvio bajo qué condiciones se lo haría de manera transdisciplinaria para asegurar que ello superara lo disciplinar. A la inversa, no se advierte en qué sentido las múltiples culturas se benefician con el tratamiento que el autor llama transdisciplinar: si se trata de hacer justicia a la diferencia, lo primero sería tenerla en cuenta, no fundir la especificidad disciplinar en una mezcla donde desaparezca toda peculiaridad. Pero por otro lado... el problema de “la occidentalidad” del campo de lo escrito y su hegemonía sobre el hablado, del dominio de la sistematicidad sobre lo asistemático, no se supera con apelaciones piadosas a superar las disciplinas. Allí se requiere enérgicas acciones políticas que hagan un reto frontal al poder especializado de los intelectuales. Programa que estaba abiertamente establecido en los inicios ingleses de los EC, pero que ha desaparecido en la medida en que estos se han institucionalizado en la cúspide de lo académico universitario.

La desproblematización acerca de los protocolos que justifiquen la mezcla interdisciplinar, se advierte también en el supuesto -no sólo de García Canclini, sino también de otros autores de EC- referido a que su propio y personal discurso opere como interdisciplinar. Esta distorsión monumental, por la cual un solo académico podría razonablemente producir efectos de superación sobre el aporte de las disciplinas, conlleva problemas inevitables a la hora de los efectos de conocimiento (o desconocimiento) producidos por los textos. ¿Puede creerse plausiblemente que la “síntesis” operada por un autor no sea aquella funcional a su propia y específica formación? Aquí encontramos parte de la explicación de los déficits de los EC en Latinoamérica desde el punto de vista de lo económico y lo sociológico. “Yo no soy economista”, responde García Canclini cuando se le pregunta por el lugar que ocuparía lo económico en una perspectiva de lo que yo llamo interdisciplinar(12). Por cierto: sólo un buen economista podría incluir suficientemente la perspectiva económica. Es decir: lo interdisciplinar es un efecto de trabajo colectivo, exige una larga labor grupal. Nadie es personalmente interdisciplinar ni escribe interdisciplinarmente, ello implica una contradicción en los términos: la interdisciplina supone poner a trabajar juntos a académicos que conozcan adecuadamente la disciplina en que están sistemáticamente formados. De lo contrario, tenemos larvadas hegemonías disciplinares, sosteniendo un discurso que supone ponerse por encima de tales hegemonías.

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Marco Disciplinario