Mayo - Agosto 2007
N.74

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La Sociedad de la Información.
El enfrentamiento entre proyectos de Sociedad

Armand Mattelart, Francia (Diálogos de la Comunicación Edición N.67)

 

En la presentación del tema general “Sociedad de la Información, Sociedad del Conocimiento”, los organizadores de la “VI Conferencia sobre los Retos de México ante la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información”, recuerdan con toda razón que: “La información no contribuye, por sí misma, al entendimiento ni a la solución de los problemas sociales, para aprovecharla es preciso saber identificar, encontrar y cotejar la información que nos pueda resultar útil. La sociedad de la información puede contribuir a transformar la economía, el trabajo, la cultura y las formas de relación personal. De la comprensión de sus implicaciones depende nuestra capacidad para encauzarlas”

Contrariamente a lo que repiten a la saciedad los profetas del ciberespacio, el enfrentamiento contemporáneo alrededor del proyecto de la llamada sociedad de la información, no se da entre tecnófilos y tecnófobos, ni tampoco entre “globalofilos” o “globalofobicos”, según el vocabulario vigente en la jerga mediática mexicana, sino entre quienes creen en el milenarismo tecnoglobal y quienes luchan para lograr un control democrático del espacio informacional y comunicacional. Ubicar el reto ante las nuevas tecnologías digitales bajo el ángulo del ensanchamiento de la democracia, permite evitar el doble escollo a la vez del angelismo y del apocalipsis.


NOCIONES CON UNA MEMORIA CARGADA DE AMBIGÜEDADES

Debo confesar, de entrada, que las apelaciones de “Sociedad de la Información” y “Sociedad del Conocimiento” que tienden cada vez mas a formar parte de un cierto sentido común, están lejos de ser inocentes. De hecho, la expresión “Sociedad de la Información” es el resultado de una historia marcada por numerosas controversias y es precisamente lo que he tratado de demostrar al trazar su genealogía en Historia de la Sociedad de la Información, publicada en 2002.

La idea de sociedad regida por la información, por el “dato”, esta anclada en el proyecto de la modernidad occidental. Es muy anterior entonces a la invención del lenguaje informático y de la noción contemporánea de “información”, verdadero proteo y comodín. En el transcurso del siglo XVII y XVIII se entroniza a la matemática como arquetipo de la razón, como modelo de razonamiento y de acción útil. Tiempos donde se reaviva el grial de un “lenguaje universal”, de la “Biblioteca de Babel”, un tema recurrente en la obra de Jorge Luis Borges. La idea se despliega con el proceso de industrialización y se confunde con los avances del pensamiento de lo cifrable y de lo medible como norma de perfectibilidad de la sociedad, como parámetro del universalismo. Se confunde también con la evolución de las doctrinas de organización y re-organización de la sociedad. Nada extraño entonces es encontrar al fundador de la economía política clásica, Adam Smith, al filosofo del “industrialismo” Claude-Henri de Saint-Simón, al inventor de la primera doctrina de la organización científica de la división del trabajo, Frederick Winslow Taylor, en los precursores del proyecto tecnocrático de una “sociedad funcional”, una sociedad gerenciada por virtud del saber positivo.

La noción misma de Sociedad de la Información se gesta paulatinamente a partir del fin de la segunda guerra mundial. Una serie de neologismos se encarga de anunciar la promesa de una nueva sociedad: managerial, post-capitalista, post-histórica, post-industrial, technotronica, etc. Todos preparan el advenimiento de la “Sociedad de la Información” que se institucionalizara definitivamente a partir de los años setenta. La esperanza que, al salir del conflicto, el inventor de la cibernética Norbert Wiener pone en el potencial emancipador de las tecnologías de la inteligencia artificial: (“Hacer que nunca mas se vuelva a repetir la barbarie de Bergen-Belsen e Hiroshima”) se ve rápidamente truncada por los enfrentamientos de la guerra fría y las primeras aplicaciones de estas invenciones a las redes de protección del espacio aéreo.

El proyecto de una “nueva sociedad” configurada por las nuevas maquinas de información se vuelve parte integrante de los envites de las tensiones entre los dos sistemas de valores. Desde la mitad de los años cincuenta el auge de estos neologismos en la ciencia política estadounidense corre pareja con las tesis de los “fines” o “crepúsculos”: de la edad de la ideología, de lo político, de las clases y de sus luchas, de los intelectuales protestatarios y, por ende, del “compromiso”, en provecho del auge de un intelectual volcado hacia la toma de decisiones. En la nueva sociedad prometida, el pensamiento managerial, el positivismo gerencial sustituiría a lo político. En los años sesenta, con el perfeccionamiento de los “métodos objetivos” para explorar el futuro, empezaron a multiplicarse los best-sellers de anticipación de la sociedad tecno-informacional, sinónima de pleno empleo, de fin del Estado-Nación, de democracia interactiva. En la sociedad de los futurólogos, la fractura ya no se daría entre ricos y pobres, entre comunismo y socialismo, sino entre Antiguos y Modernos (según los mitos acunados por Alvin Toffler). A partir de los años setenta, la noción de Sociedad de la Información saldrá de los think tanks y de los medios académicos para convertirse en principio operacional en manos de los gobiernos de los grandes países industriales.

Volveré mas adelante sobre esta fase decisiva que desembocara progresivamente a los retos de hoy. Hilo de Ariadna de esta historia, a cada generación de las técnicas aptas a hurgar el tiempo y el espacio se reavivaran en el discurso mesiánico sobre la promesa de concordia universal y de un nuevo “agora” ateniense. De Bacon a Leibniz, de Condorcet a Al Gore, de Teilhard de Chardin a McLuhan, pasando por Zbigniew Brzezinski, se reconducirá esta creencia tecno-determinista. Cada vez, el reciclaje de esta retórica se efectuara a pesar de la diversidad de los contextos socio - históricos de implantación de las técnicas de comunicación y los desmentidos sucesivos a sus virtudes milagrosas. La amnesia será un rasgo constitutivo de los imaginarios sociales de la comunicación.

El termino “Sociedad del Conocimiento”, de aparición mas reciente, que ambiciona colmar las carencias y las ambigüedades de la noción de “Sociedad de la Información”, es también problemático. El uso de la noción genérica de “conocimiento” es tan proteiforme como el recurso a la de información. Consensual a poco costo, esta semántica tiene el defecto de esquivar la cuestión de la pluralidad de los saberes y de sus protagonistas: los saberes fundamentales o sabios, los saberes aplicados de los expertos y los contra-expertos, los saberes ordinarios surgidos de las múltiples vivencias de la cotidianeidad. Uno de los aportes mayores de la ruptura epistemológica que, en los años ochenta, ha significado el nuevo paradigma del “retorno al sujeto” en las ciencias humanas y sociales es precisamente la rehabilitación de los saberes procedentes de las experiencias vividas.

De ahora en adelante, este nuevo régimen de verdad repercute ineludiblemente en las maneras de acercarse a la producción y la circulación de las otras dos fuentes de saberes. Así lo están entendiendo, por ejemplo, los nuevos movimientos sociales para otra mundialización, al definirse como “movimientos de educación popular” y al buscar nuevas formas de alianzas sociales entre intelectuales y actores de la sociedad civil organizada, formas inéditas de intercambios mutuos de los saberes en todas sus variantes.

A la noción singular y unívoca de “conocimiento”, prefiero la expresión alternativa “Sociedad de los saberes para todos y por todos” para designar el proyecto de sociedad equitativa, sacando provecho de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. Esta denominación tiene, por lo menos, el mérito de contrarrestar la tendencia lancinante que se observa en las esferas del poder llamado global, al retorno de las concepciones difusionistas –de arriba abajo- de la producción y distribución del “conocimiento” en las estrategias de construcción de los macro-usos de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. La retórica de la innovación digital sirve de coartada para remozar visiones neo-imperiales y etno-céntricas de la reestructuración del orden mundial. He aquí, por ejemplo, como el gurú del management Peter Drucker, en su libro La Sociedad Post capitalista, caracteriza a la “Sociedad del Conocimiento” (knowledge society): “El hombre instruido del mañana deberá contar con que viva en un mundo globalizado, que será un mundo occidentalizado”.

La reciente crisis iraquí nos enseña que más que nunca el etnocentrismo de las sicologías de la modernización entendidas como “occidentalizacion” o “westernization” está repuntando con fuerza en los liftings de la ideología arrugada del progreso. El “conocimiento” en paracaídas del Banco Mundial y para los recalcitrantes, las bombas para preparar el terreno. Ambas formas de difusión traducen una incapacidad para entender el meollo de las culturas. Lo que podría significar a la larga, una real incapacidad de gobernar, de ejercer la hegemonía. El campo geopolítico de las culturas es donde el coloso deja al descubierto sus pies de arcilla, donde se fisura su credibilidad.

Por estas razones reviste tanta importancia la Conferencia que en mayo se convocó en México y que trató de fijar su posición ante la “Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información” decidida por la Asamblea General de las Naciones Unidas y capitaneada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (IUT) con la contribución de la UNESCO. El hecho de que un país, con su(s) cultura(s), se esfuerce por apropiarse de este tema rotulado global, debe interpretarse también como una forma de resistir a una involución del pensamiento que niega la quiebra de la ideología del desarrollismo. Una involución que nos hace retroceder a los años cincuenta y sesenta, cuando toda una escuela de planificadores sociales calculaba indicadores socio–económico-culturales con vista a establecer escalas de acceso a un progreso calcado sobre la sociedad mas “desarrollada”.

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