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La Sociedad de la Información.
El enfrentamiento entre proyectos de Sociedad
Armand Mattelart, Francia (Diálogos de la
Comunicación Edición N.67)
En la presentación del tema general “Sociedad de la Información,
Sociedad del Conocimiento”, los organizadores de la “VI Conferencia
sobre los Retos de México ante la Cumbre Mundial de la Sociedad de la
Información”, recuerdan con toda razón que: “La información no
contribuye, por sí misma, al entendimiento ni a la solución de los
problemas sociales, para aprovecharla es preciso saber identificar,
encontrar y cotejar la información que nos pueda resultar útil. La
sociedad de la información puede contribuir a transformar la economía,
el trabajo, la cultura y las formas de relación personal. De la
comprensión de sus implicaciones depende nuestra capacidad para
encauzarlas”
Contrariamente a lo que repiten a la saciedad los profetas del
ciberespacio, el enfrentamiento contemporáneo alrededor del proyecto de
la llamada sociedad de la información, no se da entre tecnófilos y
tecnófobos, ni tampoco entre “globalofilos” o “globalofobicos”, según el
vocabulario vigente en la jerga mediática mexicana, sino entre quienes
creen en el milenarismo tecnoglobal y quienes luchan para lograr un
control democrático del espacio informacional y comunicacional. Ubicar
el reto ante las nuevas tecnologías digitales bajo el ángulo del
ensanchamiento de la democracia, permite evitar el doble escollo a la
vez del angelismo y del apocalipsis.
NOCIONES CON UNA MEMORIA CARGADA DE AMBIGÜEDADES
Debo confesar, de entrada, que las apelaciones de “Sociedad de la
Información” y “Sociedad del Conocimiento” que tienden cada vez mas a
formar parte de un cierto sentido común, están lejos de ser inocentes.
De hecho, la expresión “Sociedad de la Información” es el resultado de
una historia marcada por numerosas controversias y es precisamente lo
que he tratado de demostrar al trazar su genealogía en Historia de la
Sociedad de la Información, publicada en 2002.
La idea de sociedad regida por la información, por el “dato”, esta
anclada en el proyecto de la modernidad occidental. Es muy anterior
entonces a la invención del lenguaje informático y de la noción
contemporánea de “información”, verdadero proteo y comodín. En el
transcurso del siglo XVII y XVIII se entroniza a la matemática como
arquetipo de la razón, como modelo de razonamiento y de acción útil.
Tiempos donde se reaviva el grial de un “lenguaje universal”, de la
“Biblioteca de Babel”, un tema recurrente en la obra de Jorge Luis
Borges. La idea se despliega con el proceso de industrialización y se
confunde con los avances del pensamiento de lo cifrable y de lo medible
como norma de perfectibilidad de la sociedad, como parámetro del
universalismo. Se confunde también con la evolución de las doctrinas de
organización y re-organización de la sociedad. Nada extraño entonces es
encontrar al fundador de la economía política clásica, Adam Smith, al
filosofo del “industrialismo” Claude-Henri de Saint-Simón, al inventor
de la primera doctrina de la organización científica de la división del
trabajo, Frederick Winslow Taylor, en los precursores del proyecto
tecnocrático de una “sociedad funcional”, una sociedad gerenciada por
virtud del saber positivo.
La noción misma de Sociedad de la Información se gesta paulatinamente a
partir del fin de la segunda guerra mundial. Una serie de neologismos se
encarga de anunciar la promesa de una nueva sociedad: managerial,
post-capitalista, post-histórica, post-industrial, technotronica, etc.
Todos preparan el advenimiento de la “Sociedad de la Información” que se
institucionalizara definitivamente a partir de los años setenta. La
esperanza que, al salir del conflicto, el inventor de la cibernética
Norbert Wiener pone en el potencial emancipador de las tecnologías de la
inteligencia artificial: (“Hacer que nunca mas se vuelva a repetir la
barbarie de Bergen-Belsen e Hiroshima”) se ve rápidamente truncada por
los enfrentamientos de la guerra fría y las primeras aplicaciones de
estas invenciones a las redes de protección del espacio aéreo.
El proyecto de una “nueva sociedad” configurada por las nuevas maquinas
de información se vuelve parte integrante de los envites de las
tensiones entre los dos sistemas de valores. Desde la mitad de los años
cincuenta el auge de estos neologismos en la ciencia política
estadounidense corre pareja con las tesis de los “fines” o
“crepúsculos”: de la edad de la ideología, de lo político, de las clases
y de sus luchas, de los intelectuales protestatarios y, por ende, del
“compromiso”, en provecho del auge de un intelectual volcado hacia la
toma de decisiones. En la nueva sociedad prometida, el pensamiento
managerial, el positivismo gerencial sustituiría a lo político. En
los años sesenta, con el perfeccionamiento de los “métodos objetivos”
para explorar el futuro, empezaron a multiplicarse los best-sellers de
anticipación de la sociedad tecno-informacional, sinónima de pleno
empleo, de fin del Estado-Nación, de democracia interactiva. En la
sociedad de los futurólogos, la fractura ya no se daría entre ricos y
pobres, entre comunismo y socialismo, sino entre Antiguos y Modernos
(según los mitos acunados por Alvin Toffler). A partir de los años
setenta, la noción de Sociedad de la Información saldrá de los think
tanks y de los medios académicos para convertirse en principio
operacional en manos de los gobiernos de los grandes países
industriales.
Volveré mas adelante sobre esta fase decisiva que desembocara
progresivamente a los retos de hoy. Hilo de Ariadna de esta historia, a
cada generación de las técnicas aptas a hurgar el tiempo y el espacio se
reavivaran en el discurso mesiánico sobre la promesa de concordia
universal y de un nuevo “agora” ateniense. De Bacon a Leibniz, de
Condorcet a Al Gore, de Teilhard de Chardin a McLuhan, pasando por
Zbigniew Brzezinski, se reconducirá esta creencia tecno-determinista.
Cada vez, el reciclaje de esta retórica se efectuara a pesar de la
diversidad de los contextos socio - históricos de implantación de las
técnicas de comunicación y los desmentidos sucesivos a sus virtudes
milagrosas. La amnesia será un rasgo constitutivo de los imaginarios
sociales de la comunicación.
El termino “Sociedad del Conocimiento”, de aparición mas reciente, que
ambiciona colmar las carencias y las ambigüedades de la noción de
“Sociedad de la Información”, es también problemático. El uso de la
noción genérica de “conocimiento” es tan proteiforme como el recurso a
la de información. Consensual a poco costo, esta semántica tiene el
defecto de esquivar la cuestión de la pluralidad de los saberes y de sus
protagonistas: los saberes fundamentales o sabios, los saberes aplicados
de los expertos y los contra-expertos, los saberes ordinarios surgidos
de las múltiples vivencias de la cotidianeidad. Uno de los aportes
mayores de la ruptura epistemológica que, en los años ochenta, ha
significado el nuevo paradigma del “retorno al sujeto” en las ciencias
humanas y sociales es precisamente la rehabilitación de los saberes
procedentes de las experiencias vividas.
De ahora en adelante, este nuevo régimen de verdad repercute
ineludiblemente en las maneras de acercarse a la producción y la
circulación de las otras dos fuentes de saberes. Así lo están
entendiendo, por ejemplo, los nuevos movimientos sociales para otra
mundialización, al definirse como “movimientos de educación popular” y
al buscar nuevas formas de alianzas sociales entre intelectuales y
actores de la sociedad civil organizada, formas inéditas de intercambios
mutuos de los saberes en todas sus variantes.
A la noción singular y unívoca de “conocimiento”, prefiero la expresión
alternativa “Sociedad de los saberes para todos y por todos” para
designar el proyecto de sociedad equitativa, sacando provecho de las
nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. Esta
denominación tiene, por lo menos, el mérito de contrarrestar la
tendencia lancinante que se observa en las esferas del poder llamado
global, al retorno de las concepciones difusionistas –de arriba abajo-
de la producción y distribución del “conocimiento” en las estrategias de
construcción de los macro-usos de las nuevas tecnologías de la
información y de la comunicación. La retórica de la innovación digital
sirve de coartada para remozar visiones neo-imperiales y etno-céntricas
de la reestructuración del orden mundial. He aquí, por ejemplo, como el
gurú del management Peter Drucker, en su libro La Sociedad Post
capitalista, caracteriza a la “Sociedad del Conocimiento” (knowledge
society): “El hombre instruido del mañana deberá contar con que viva
en un mundo globalizado, que será un mundo occidentalizado”.
La reciente crisis iraquí nos enseña que más que nunca el etnocentrismo
de las sicologías de la modernización entendidas como
“occidentalizacion” o “westernization” está repuntando con fuerza
en los liftings de la ideología arrugada del progreso. El
“conocimiento” en paracaídas del Banco Mundial y para los
recalcitrantes, las bombas para preparar el terreno. Ambas formas de
difusión traducen una incapacidad para entender el meollo de las
culturas. Lo que podría significar a la larga, una real incapacidad de
gobernar, de ejercer la hegemonía. El campo geopolítico de las culturas
es donde el coloso deja al descubierto sus pies de arcilla, donde se
fisura su credibilidad.
Por estas razones reviste tanta importancia la Conferencia que en mayo
se convocó en México y que trató de fijar su posición ante la “Cumbre
Mundial de la Sociedad de la Información” decidida por la Asamblea
General de las Naciones Unidas y capitaneada por la Unión Internacional
de Telecomunicaciones (IUT) con la contribución de la UNESCO. El hecho
de que un país, con su(s) cultura(s), se esfuerce por apropiarse de este
tema rotulado global, debe interpretarse también como una forma de
resistir a una involución del pensamiento que niega la quiebra de la
ideología del desarrollismo. Una involución que nos hace retroceder a
los años cincuenta y sesenta, cuando toda una escuela de planificadores
sociales calculaba indicadores socio–económico-culturales con vista a
establecer escalas de acceso a un progreso calcado sobre la sociedad mas
“desarrollada”.
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