Videopolítica y Cultura
Oscar Landi, Argentina (Diálogos de la Comunicación
Edición N.29)
LA VIDEOPOLÍTICA EN ACCIÓN
En nuestro turbulento Cono Sur de América Latina, la televisión
constituyó en los últimos años uno de los puentes centrales de pasaje de
un régimen político a otro. Como soporte de los lenguajes de la política
mostró a casi todas las estructuras partidarias un timing envidiable
para ingresar o promover acontecimientos y a los gobernantes militares,
que la protegieron y controlaron durante largos años, la infidelidad
propia de los que conocen el pragmatismo del poder. En los momentos de
viraje se hizo más relevante su presencia en la construcción de la
escena pública, aunque su transformación en uno de los ingredientes
principales de las llamadas transiciones democráticas tuvo puntos de
origen diferentes en cada país.
En efecto, el 5 de octubre de 1988 el pueblo chileno con un rotundo NO
bloqueó en un plebiscito el intento del General Pinochet de perpetuarse
en la presidencia del país hasta casi el siglo XXI. Luego de largos años
de control autoritario la televisión había abierto un espacio a las
oposiciones mediante la franja de propaganda política que durante varias
semanas, con quince minutos para el SI y quince para el NO, concitó un
rating promedio de 65% y fue diariamente un punto de referencia
obligado de los otros medios de comunicación. La política volvía a la
pantalla y las agencias de publicidad que trabajaron para el NO
encontraron un sencillo y efectivo perfil para su campaña: doblegar el
miedo, crear un estado de ánimo de alegría, de optimismo y esperanza.
Rechazar la propuesta gubernamental no significaba el riesgo de volver a
un pasado de violencia y de luto. En este tono general se instaló
también el voto de rechazo al gobierno del actual Comandante en Jefe de
las Fuerzas Armadas chilenas. Este fue un caso de un manejo no bien
calculado por parte del gobierno acerca del riesgo de abrir la pantalla
a oposiciones largamente excluidas y que, al postular un NO, podían
agregar contingentes electorales muy heterogéneos, que votaban así por
muy diversos motivos y que incluso reclutaban sectores que habían
apoyado al gobierno militar en gran parte de su trayecto. (Hirmas, M.E.,1989).
El proceso político brasileño, en cambio, mostró a la hegemónica Rede
Globo con juego propio, convirtiéndose en momentos claves en un actor
político directo. No es este el lugar para que nosotros tratemos de
explicar el alcance y el papel de la televisión en la vida social y en
la cultura política brasileña. Solo queremos retener algunos datos de
este proceso con la intención de comparar los espacios y tiempos
diferentes del ingreso de la televisión en las actuales formas de hacer
política de nuestros países. En Brasil la televisión no se dejó
sorprender por momentos de viraje históricos, los percibió desde sus
primeros síntomas y se decidió a ponerlos en pantalla según su
interpretación y bajo el control de sus estrategias. La decisiva entrada
de la Rede Globo en la campaña por la elección presidencial directa en
1984, luego su apoyo a la candidatura de Tancredo Neves, más tarde su
posición para resolver el impase creado por la muerte del Presidente
electo mediante la asunción de José Sarney y su reciente fabricación de
la imagen nacional de Collor de Melo, constituyen un desempeño
excepcional en la misma «aldea global». (Vieira, A. y Guimaraes,
C.,1986). Para colmo, también la exitosa campaña televisiva de Lula en
1989 se nutrió, en parte, de saberes técnicos provenientes de esta
empresa corno escuela y se internó hábilmente en una histórica
superposición de las escenas artística y política en la cultura del
país, que la televisión brasileña, lejos de disolver, estimuló(1).
En la Argentina la televisión se ubicó con retraso en una escena de la
transición democrática que, hacia fines de 1982, ya estaba ocupada por
la sociedad civil y tematizada por los otros medios, particularmente la
radio. En realidad, la televisión debió pagar con el descrédito su
intervención en un fallido intento previo de viraje histórico manipulado
desde la cúpula del poder: la guerra de las Malvinas. La balcanización
del aparato del estado que produjo el gobierno militar instalado en 1976
se había extendido también a los medios de comunicación estatales,
incluidos los cuatro canales nacionales: la Marina, el Ejército, la
Aeronáutica y la Presidencia se los repartieron a razón de uno por
cabeza. La televisión fue muy controlada mientras se desarrollaba dentro
del país lo que los militares llamaron la «guerra sucia» y difundió un
exaltado triunfalismo durante la guerra externa con Inglaterra (que
efectivamente usurpa las islas desde el siglo pasado). La mentira se
derrumbó dolorosamente con la derrota y, cuando desde la televisión se
comenzaban a ensayar explicaciones técnicas del desastre, los miles de
comunicadores que volvían de las islas, los soldados que contaban la
historia, terminaron por desarmar el intento televisivo de seguir
controlando los relatos. En el marco más general del derrumbe del
gobierno militar, por primera vez se vio una manifestación de gente
cantando consignas contra un canal de televisión. La campaña electoral
de 1983 mostró el renacimiento del acto, la tribuna y la palabra
política. La televisión acompañaba el contacto directo de los políticos
con la gente, si bien ya difundía una novedosa y nutrida publicidad
política. Sin embargo, cuando se estaba por quedar sin trofeos
electorales, su emisión del acto de cierre de la campaña del Partido
Justicialista la reinstaló en el lugar de poder temible. Mientras una
multitud de un millón de personas festejaba lo que se consideraba un
seguro triunfo peronista sin llegar a ver el palco y escuchando
dificultosamente a los oradores por los parlantes callejeros, mucha más
gente vio en su pantalla de televisión, como por un microscopio, a un
dirigente de este heterogéneo movimiento popular facilitando un
encendedor para quemar un cajón que simbolizaba el ataúd del partido
rival. La escena se puede ver en campañas electorales y canchas de
football de diversos países pero en la Argentina de esos días se trataba
de dejar atrás un pasado de violencia y de demostrar la incorporación de
reglas del juego de convivencia. La repetición del pasado era la amenaza
más temida por amplios sectores de la población. Cuando el Partido
Radical dio la sorpresa de ganar por primera vez una elección nacional
al peronismo, muchos lo atribuyeron a este episodio que decidió a
indecisos y que habría cambiado el voto de peronistas. Quizás el efecto
televisivo no tuvo tanta importancia, pero así quedó en el saber y la
mitología política del país.
De una u otra forma, la televisión demostró una gran capacidad para
absorber -cuando no crear- el escenario político según sus reglas de
construcción del espectáculo. La mirada sobre este fenómeno podría
extenderse hacia casos que, por una serie de características, parecerían
estar a resguardo de esta colonización de la política por la imagen. Por
ejemplo, en el Uruguay uno de los países latinoamericanos con más larga
tradición institucional democrática y con partidos históricos, el
plebiscito que perdió el gobierno militar en 1980 inauguró el camino a
una inusual mediatización televisiva de la política nacional (Álvarez,
Luciano,1989). El Comandante Ortega, por su parte, no se privó de
estrategias de medios para construir su imagen personal en las
elecciones presidenciales nicaragüenses de 1990. En este caso, la
sorpresa provino de una cultura política de izquierda más afín a una
versión racionalista y discursiva del lenguaje político.(2)
LA VIDEOPOLÍTICA VINO PARA QUEDARSE
Por una u otra vía, la televisión mostró una gran adaptabilidad a los
nuevos tiempos y se instaló como un ingrediente por cierto muy
importante del proceso político. ¿Cómo se podría conceptualizar esta
creciente asimilación del lenguaje político dentro de los módulos de
comunicación típica de la televisión?
En primer lugar, una constatación obvia: esta expansión de la televisión
en el territorio de la política no supone que ella haya desplazado
totalmente a los otros medios, ya que su nivel de credibilidad es, en
casi todos los países, menor que el que ostenta la radio o la prensa
escrita. Y, por otra parte, la relación entre los medios no se reduce a
la competencia; también establecen entre sí relaciones de
complementación funcional, según los diferentes momentos del día y los
distintos lenguajes y géneros que manejan(3). Esta interrelación la
conocen muy bien la mayoría de los que diseñan las estrategias de medios
para los políticos.
Su instalación en la política tampoco obedece a supuestas virtudes
mágicas de la publicidad política sobre el elector, concebido como un
ser infinitamente maleable desde los medios a pesar de su generalmente
sufrida relación con los poderes. Esta óptica sería la prolongación de
viejas y esquemáticas teorías de la manipulación informativa, para las
que todo el poder y el sentido de mensaje están contenidos en el
proyecto de su emisor. La presencia de la televisión a la que hacemos
referencia se sostiene en transformaciones profundas de la cultura y en
ciertas características del sistema político.
Precisamente para uno de los principales teóricos del partido político
moderno, Giovanni Sartori, la irrupción de la videopolítica es un
fenómeno sostenido en el «videopoder». Se trata del cambio civilizatorio,
en plena expansión, a favor de la cultura audiovisual. La sensibilidad
de este autor para captar estos fenómenos nuevos en la política, va
unida a su molestia ante ellos y a su defensa nostalgiosa de la cultura
más característica del partido político clásico: la letrada. Para el
teórico italiano, asistimos a la emergencia de un «homo ocular», de la
persona video-formada que se relaciona con el mundo desde los lenguajes
visuales, quedando atrás el «homo sapiens» y sus virtudes ilustradas.
El lugar del telespectador frente a la pantalla sería entonces un
espacio imaginario de poder visual, que no sólo alimenta el goce frente
a la pantalla («veo televisión porque me gusta») cuando el noticiero
pone el mundo a nuestra disposición (Stam, Robert,1985), sino también
cuando nos hace tomar contacto «a distancia», de manera personalizada y
bajo los poderes del control remoto, con el lejano, tímido y tumultuoso
mundo del poder político.(4)