Mayo - Agosto 2007
N.74

"Si no compra no predique"
Hacia una crónica de los comunicadores en América Latina

Carlos Monsivais, México (Diálogos de la Comunicación Edición N.65)

 

I. VOCACIONES AL MAYOREO Y AL MENUDEO

En lo que al prestigio laboral se refiere, el siglo XX latinoamericano comienza con ingenieros y médicos en la honrosa segunda fila, y en el centro los abogados que hacen y rehacen las leyes, determinan el proceso cultural, crean y modifican las instituciones, aprovisionan a dictadores y Presidentes de la República con discursos grandilocuentes, redactan los manifiestos subversivos y los textos oficiales, forjan los estilos del habla culta con todo y dicción, son a la vez los bohemios y los grandes burgueses. Todavía en la década de 1950, el gran escritor mexicano Alfonso Reyes le recomienda al novelista Carlos Fuentes presentar su examen profesional: "El título es el asa que sostiene la tacita", le asegura. En las sociedades emergentes ser abogado significa disponer de una capacidad o una incapacidad proteicas, y si el litigante inspira temor (el modelo del licenciado que se come literalmente las pruebas en contra de su cliente, y fabrica conjuras), y si el jurista es sinónimo de solemnidad republicana, el licenciado que cita a los clásicos y tiene una gran biblioteca es por lo menos garantía de preocupaciones humanistas. A los abogados e incluso a los que se quedan a medio camino en la carrera, se les cree dotados de incontables recursos. En el más inobjetable sentido del término, los licenciados en Derecho son los "milusos" que dicen o confeccionan discursos, redactan artículos y ensayos, escriben sin crédito letras de canciones y con crédito poemas de amor o protesta, imaginan lemas propagandísticos, imparten cuarenta o cincuenta clases a la semana en escuelas preparatorias...

Al abolirse la bohemia por requerimientos de la modernidad, los abogados se confinan crecientemente en los límites de su profesión, y ya es tiempo de otra carrera que sea plataforma de habilidades múltiples y vocaciones confundidas. Por un tiempo breve, hasta que la carrera desencanta, interpretan ese papel los sociólogos. Luego, sin premeditación, por la mera fuerza numérica, entran a escena los comunicólogos, sustentados al principio, y que las excepciones me perdonen, por el atractivo de la profesión nueva y más bien incierta, vincula la sociedad de masas y las redes informáticas.

En un principio, cuando todavía se llama Periodismo, la carrera atrae más bien a los leales a la Galaxia de Gutenberg (así, con esta retórica), pero al poco tiempo, al darse el giro a Ciencias de la Comunicación se originan dos espacios simultáneos: el de una genuina revolución cultural (si el término puede salvarse de su connotación maoísta) y el de un vastísimo mercado de empleos y desempleos. En el primer caos, la carrera divulga vigorosamente un nuevo vocabulario, las ideas sobre sociedad de masas y las teorías y los lugares comunes en torno al fenómeno de los medios masivos o Medios a secas.

¡Ah! Ciencias de la Comunicación desborda conceptos que, asimilados o no, van de la ronda de planes de estudio a los artículos y las conversaciones: after image, hegemonía, autonomía relativa, oposiciones binarias, comunicación no verbal (body language), estudio de caso, disonancia cognoscitiva, decodificar, industria de la conciencia, teoría de la conspiración, industrias culturales, reproducción cultural, diacronía, sincronía, dialógico, imaginario, discurso (en un sentido totalizador), feedback, gatekeeper, icónico, polisémico, proxémico, subliminal, transaccional… El vocabulario de varias disciplinas se unifica y se difunde por intercesión de la fuerza demográfica de Ciencias de la Comunicación.

La carrera descubre una nueva zona de ilusiones y realidades laborales y, de paso, instala el vocablo que es piedra de toque de la credulidad y la credibilidad, fuera y dentro de los ámbitos universitarios. Comunicar sustituye a la demasía de verbos: hablar, dialogar, relacionar, expresar, informar, poner al tanto. Único verbo con aureola, por así decirlo, comunicar es la acción que invade los hogares, preside las conferencias de los Medios y los mítines, da cuenta de los escenarios aerodinámicos. Y lo carismático, vocablo aplicado desde la adulación, complementa la acción comunicativa.
 

"Te apuesto a que el director de cámaras hizo su tesis sobre
los espacios museográficos y la lectura transversal"

 

A principios del siglo XXI asistimos a una implacable toma de poderes, no por inadvertida o mal registrada menos amplia. En proporción abrumadora, en cada país latinoamericano, los egresados de Ciencias de la Comunicación colman las oficinas de gobierno, anuncian las bondades del empresariado, se dejan ver en las agencias de publicidad, los diarios y las revistas, manejan las agencias de relaciones públicas, los canales de televisión, las estaciones de radio y las empresas de video profesional, integran el círculo de aspirantes a videoastas y cineastas, los equipos de campaña de todos los partidos, los despachos encargados de encuestas. ¡Ah! ¿Quién que es o quién que quiere ser en el ámbito de la presencia pública no ha estudiado Comunicación? Si los egresados de la carrera aún no alcanzan los más altos niveles del poder, su ubicuidad es innegable. Ciencias de la Comunicación es la profesión "de gran futuro", con cientos o miles de escuelas en América Latina, estallido demográfico del alumnado, planes de estudio variados y opuestos que en promedio se renuevan cada cinco años, invención del tipo humano del comunicólogo. Si los científicos y los técnicos marcan las realidades del desarrollo, los comunicadores o comunicólogos fijan el ritmo del trato con la modernidad, definida como lo inmune ante el anacronismo de las tradiciones y formas de vida, o como la sensación de rapidez vital, o como la aceptación complacida de lo que apenas se comprende, o como la asimilación de la tecnología. Con celeridad no muy fácil de entender, las teorías y prácticas de la comunicación (no me pidan que la defina) resultan las traductoras certificadas de los cambios. Hay intérpretes de lo que ocurre (las adaptaciones a lo inevitable, la violencia psíquica o física de las transformaciones), pero en el paisaje interpretativo ni sociólogos, ni psicólogos, ni por supuesto políticos, ni científicos, ni economistas, ni siquiera religiosos o favorecedores del esoterismo, gozan del imán de los comunicadores, cuyo prestigio crece al transmitir o impartir "las vibraciones de lo contemporáneo".

A través del elogio, la sociedad adelanta conclusiones: y el que comunica encabeza visiblemente los procesos. Al comunicador y ya incluso don Francisco o Cristina Saralegui rechazan desde Miami la profesión circense de animador y se dicen comunicadores se le atribuyen dotes de armonización social. Así nada más representen una opción profesional, son a los ojos de sus adherentes la clave del porvenir. Y la carrera resulta una exigencia de la globalización, tanto que la avalancha de escuelas surge de un edicto íntimo y público: que no haya en América Latina ciudad deshabitada, es decir carente de locales en donde se enseñe Ciencias de la Comunicación.

Se produce la contradicción al parecer insoluble: si la mayoría de los egresados viven el desencanto, la carrera es un éxito, y el triunfo de los establecimientos educativos es más visible que el cúmulo de frustraciones. Ya el horizonte de las clases medias ninguna familia se siente completa sin un hijo o una hija que estudie Comunicación. Algún empleo habrá para ellos, y la saturación del mercado de trabajo no obstaculiza el auge del nuevo espacio vocacional. Y alguien profetiza: llegará el día en que en América Latina los comunicadores integren la mayoría de la población, y para seguir con el vaticinio el que no haya estudiado la carrera no podrá decodificar la realidad. O algo así.
 


II. ¿QUÉ POSIBILIDADES HAY DE GANAR LAS ELECCIONES SI LOS COMUNICADORES SON NADA MÁS EL OCHENTA POR CIENTO DEL EQUIPO DE CAMPAÑA?

En las campañas políticas lo común es la sustitución de los militantes por los empleados, y la dependencia casi absoluta de la mercadotecnia. A los comunicadores o comunicólogos se les encargan las frases culminantes y la evaluación de su impacto. Mientras el lenguaje especializado se populariza, se esparcen los nuevos dogmas:
 

  • Ya no hay pueblo, sólo hay público.
  • Los candidatos son los Productos.
  • Lo que antes se llamaba conciencia hoy es el zapping de las alternativas éticas.
  • El consenso es la forma antigua del rating.
  • Sin la mercadotecnia nadie sabría lo que le conviene.
  • La opinión pública es a las encuestas lo que el rumor a los Diez Mandamientos.
  • Para qué hablar del bien y del mal pudiendo concentrarnos en el emisor y el receptor.
  • Un político sin diseño de imagen es un general sin tropas.
  • Modificar la imagen de un candidato es evitar el cambio de canal (sinónimo de la simpatía electoral).
  • Un político con carisma genuino es una traición a la profesión.

 

¿Son en verdad científicos los comunicadores, han estructurado un conocimiento universitario? La pregunta carece de sentido. Lo fundamental es averiguar cuál es el grado de eficacia de lo transmitido a una sociedad (a sus políticos, sus empresarios, su gente del espectáculo.) Y maestros y egresados de Comunicación difunden victoriosamente la creencia: las imágenes son, por irrefutables, invencibles, y es casi una pérdida de tiempo optar por las palabras. Cada vez más, la publicidad y el encanto mediático son las señas de identidad, y por eso es tan inesperada o anti-climática la irrupción en la política de temas de índole moral (como la ofensiva en México del Partido Acción Nacional, ansioso de prohibir las minifaldas, el wonderbra, los condones, las organizaciones lésbico-gays, la censura teatral y pictórica). La moralina pedagógica no cuaja. Cuando se pensaban alejados del discurso político a los temas de la vida cotidiana, retornan impulsados por la oposición al integrismo.

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