Mayo - Agosto 2007
N.74

Prácticas Profesionales y Utopía Universitaria:
Notas para repensar el modelo del comunicador

Raúl Fuentes Navarro, México (Diálogos de la Comunicación Edición N.31)

 

En el marco de la crisis económica, política y cultural que enfrenta América Latina desde principios de los ochenta, que no se limita a factores ni a manifestaciones nacionales, y de las nuevas corrientes de la globalización y de los bloques regionales que ha traído consigo el término de la guerra fría y el mundo bipolar, se ha ido extendiendo en la comunidad académica del campo de la comunicación la conciencia de la necesidad de una revisión extensa y profunda y de una renovación crítica, quizá radical- de la mayor parte de las acciones que, dentro y fuera de las universidades, contribuyen a la formación de comunicadores, al igual que de los demás profesionistas y agentes sociales. Sin embargo, las propuestas apuntan a direcciones divergentes y a veces opuestas.

La universidad misma, como institución social, ha sido puesta en crisis, desde las esferas financieras hasta las ideológicas, ya que parecen haberse desarticulado gravemente sus relaciones y funciones sociales y disminuido drásticamente la calidad de su aportación académica en todos los campos. Las políticas de «modernización» neoliberal imperantes ahora en la actuación de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos han agudizado aun más el debate no sólo en y acerca de las instituciones públicas, sino también en muchas de las privadas. Las maniqueas distinciones entre unas y otras tienden al mismo tiempo a disolverse en la práctica y a revitalizarse en el discurso, ante los rápidos cambios contextuales.

En el sector que constituyen las escuelas de comunicación se han conjuntado, además de las bruscas transformaciones económicas, políticas, culturales, los problemas generales de la educación superior con los específicos del campo, muchos de los cuales compartimos con las demás áreas de las ciencias sociales, que atraviesan a su vez, en todo el mundo, una aguda crisis epistemológica y teórico-metodológica. Y si a eso agregamos todavía el hecho de que el crecimiento desmedido de las escuelas de comunicación no se ha detenido y que hay ya más de cien mil estudiantes en más de 250 escuelas en la región (aunque México y Brasil concentran, cada uno; un tercio de esas cifras, el panorama futuro no puede verse con optimismo simplista.

Algunos seguimos creyendo, sin embargo, que desde el punto de vista de la planificación universitaria es viable todavía una reorientación crítica que permita reformular y rearticular las intenciones y las condiciones de la formación universitaria de comunicadores. Para lo cual es evidentemente necesario formular claramente unas y otras. La formación de profesionales, una de las funciones «sustantivas» de la universidad, está en el centro mismo de la cuestión. Pero para discutirla, entre otras cosas, es indispensable contar con un conocimiento sistemático y detallado de las relaciones concretas que mantienen los currícula y los ejercicios profesionales de la comunicación en cada país y región. Conceptualmente, el problema va siendo cada vez mejor planteado y ubicado, pero es completamente insuficiente la evidencia empírica que hasta ahora se ha producido en la casi totalidad de las instituciones latinoamericanas.

Aunque parece obvio que un análisis detallado de las condiciones en que los egresados se incorporan al ejercicio profesional y de las tendencias que la propia dinámica social va señalando como decadentes, predominantes o emergentes es una fuente imprescindible de información que, en el contexto de los valores y propósitos asumidos institucionalmente en cada universidad, debería fundamentar el perfil del comunicador y orientar dinámicamente el diseño curricular (1), tal conocimiento no existe en la mayoría de las escuelas latinoamericanas, ni parece estar siendo buscado (2).

Más bien, parece volver a tomar fuerza la tendencia a declarar inexistente el problema, y en consecuencia adoptar las maneras más eficientes de subordinar la formación universitaria a las demandas, explícitas y tácitas, de los empleadores, es decir, de quienes controlan el «mercado», casi siempre los mismos que controlan los medios de difusión masiva. Por ello, el embate ideológico del neo-liberalismo tiene en los noventa, lamentablemente, condiciones mucho más favorables para predominar sobre otros modelos orientadores de las prácticas universitarias que hace, digamos, dos décadas. De manera que aunque la reducción de «profesión» a «mercado de trabajo» y de «formación universitaria» a «adiestramiento funcional» es vista ahora como más «natural» y «práctica», no por ello la consideramos menos inaceptable.

No podemos ignorar que tanto en los sistemas universitarios en general como en las escuelas de comunicación más particularmente, a todo lo largo y ancho de América Latina, hay un gran conjunto de vicios y de insuficiencias, ya muchas veces descritos y analizados, que han contribuido a desarticular la formación de comunicadores del desarrollo de los sistemas dominantes de comunicación y de las transformaciones sociales que, a diferentes escalas, están en proceso y que se conocen en realidad muy poco, a pesar de estar siendo atravesados y reconstituidos por ellas. Pero en esas mismas instituciones se han acumulado también recursos considerables que, crítica y estratégicamente aprovechados, pueden apoyar la renovación desde hace décadas buscada.

Es en ese marco que puede replantearse, utópicamente, el problema de la articulación universidad-sociedad en cuanto a la formación de comunicadores y su inserción en las estructuras profesionales: desde las tensiones que han impuesto al trabajo académico los propios procesos de cambio y el insatisfactorio cumplimiento de los ambiciosos -y muchas veces inconsistentes- proyectos sostenidos en las décadas pasadas (3). Para renovarlo sin renunciar a su sentido esencial, tenemos que mantener la convicción de que el trabajo académico, práctica social sujeta a determinaciones específicas, al realizarse universitariamente, distingue el espacio y delimita el tiempo -y con ello la constitución de los sujetos que lo realizan- de una manera diferente a la que exigen otros ámbitos, modalidades de acción e instituciones sociales (4). El trabajo universitario no es, ni puede ser, como el que se efectúa en las instancias del Estado o del gobierno, orientado por las pugnas de intereses políticos, aún en el mejor sentido de la polis o de lo estrictamente público; tampoco como el que se realiza en los sectores productivos, que cada vez tienen menos que ver con el anacrónico concepto de «iniciativa privada», ya que resultan quizás más públicos que las iniciativas gubernamentales al estar orientados por el afán de lucro y la competencia por el mercado.

El trabajo universitario no es, ni puede ser, como el que corresponde a la Iglesia, interesada finalmente en la «salvación de las almas», ni como el que concierne a los partidos o movimientos sociales organizados para la reivindicación de derechos terrenales o la redistribución social del poder. Es necesario sostener que la lógica de la universidad no puede ser ajena ni estar desvinculada de las lógicas de otras instituciones sociales, pero tampoco puede subsumirse a ninguna de ellas, pues entonces no sería más que un camino innecesariamente tortuoso, un medio irracionalmente indirecto, para la consecución de finalidades sociales que pueden perseguirse de maneras más eficientes.

Reconocemos que la relación universidad-sociedad es todavía, ciertamente, un problema difícil de plantear, ante el cual abundan intentos tanto conceptuales como prácticos de respuesta. Nos parece claro que ni la universidad ni los demás agentes sociales pueden eludir este problema, pero tampoco solucionarlo «definitivamente»: eso sería sacar a la universidad de la dinámica histórico-social y por tanto cancelar radicalmente el sentido mismo de su existencia. Los amplios procesos de reflexión y de discusión sobre las renovaciones, redefiniciones y rearticulaciones necesarias que hemos visto en los últimos años en muchas universidades públicas y privadas, y dentro de ellas en las escuelas de comunicación, ponen en evidencia, en estos tiempos de crisis, la tensión entre las diversas lógicas en pugna para que la universidad «sirva mejor a la sociedad». Pero es evidente que cada quien ve a la sociedad según su lugar en ella.

Aunque es obvio, entonces, que los más recientes acontecimientos mundiales y el impresionante repunte de «el mercado» como motor de la historia, tienden a desprestigiar -aun en círculos intelectuales- cualquier planteamiento que parezca critico, «socialista», teórico o utópico, puede sostenerse que, pese al riesgo de parecer anacrónico, el espacio universitario debe seguir siendo defendido de las reducciones que tratan de imponerle tecnócratas de fuera y de adentro. Para los estudios universitarios de comunicación esta situación es crucial, ya que como ha dicho Jesús Martín-Barbero,

«El recorrido de esos estudios en América Latina muestra las dificultades que encuentra aún la articulación de lo abordado en la investigación con lo tematizable en la docencia, así como la lenta consolidación en propuestas curriculares de la interacción entre avance teórico y renovación profesional. De otra parte, al no estar integrado por una disciplina sino por un conjunto de saberes y prácticas pertenecientes a diversas disciplinas y campos, el estudio de la comunicación presenta dispersión y amalgama, especialmente visible en la relación entre ciencias sociales y adiestramientos técnicos. De ahí la tentación tecnocrática de superar esa amalgama fragmentando el estudio y especializando las prácticas por oficios siguiendo los requerimientos del mercado laboral. Pero en países como los nuestros donde la investigación y el trabajo teórico no tiene, salvo honrosas excepciones, espacios de desarrollo institucional fuera de las universidades, ¿dónde situar entonces la tarea de dar forma a las demandas de comunicación que vienen de la sociedad y al diseño de alternativas?» (5)

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