América Latina, en el reto de construir puentes con y
entre las ciudadanías.
El derecho a la información como práctica de formación y desarrollo de
la ciudadanía comunicativa
Amo la palabra Hermano
que hace que tu vida
y mi vida unan sus manos y,
como balanzas busquen el equilibrio,
para que cuando tú bajes yo te alce
y cuando yo caiga tú me levantes.
Anónimo
ABSTRACT
Se percibe en estas sociedades de principios de siglo que los medios de
comunicación masiva y las tecnologías de la información y la
comunicación (TICs) al igual que las instituciones sociales aportan, de
uno u otro modo, a la construcción de ciudadanía comunicativa, la
misma que puede ser activa y participativa o vinculada exclusivamente al
consumo, como se percibe en la mayoría de los casos.
El consumo de la oferta mediática y, especialmente, de la información
periodística de calidad, coadyuva en la constitución y ejercicio activo
y responsable de las ciudadanías porque permite que las personas se
formen una opinión sobre algún hecho de interés común, la pongan a
consideración pública y deliberen sobre la misma en busca de consensos
que influyan o determinen acciones hacia los sistemas de poder. De este
modo, se participa en la toma de decisiones que afectan, de forma
directa o indirecta, la propia vida y la de la comunidad.
En este proceso de constitución de lo que se llamaría la ciudadanía
comunicativa, es nuclear la información porque se basa en el principio
de reducción de la incertidumbre. Esta certeza se logra por medio del
despliegue de las facultades del derecho humano a la información
(recibir, investigar y difundir información y opinión) que influyen
sobre la persona en alguna forma de conocimiento y modifica o transforma
su comportamiento en un proceso de “maduración social”, donde desarrolla
las virtualidades de la sociabilidad.
LOS CAMPOS ARTICULADORES DE NUEVOS ESCENARIOS
En las últimas dos décadas valorizamos en los países de América Latina
la democracia como régimen institucional, pero se constata que
aún falta mucho por avanzar para que se constituya en evidentemente
participativa y no sólo representativa, y para que subsista como una
forma de vida cotidiana donde no exista una brecha tan profunda entre la
formalidad de la ley, por un lado, y la conciencia y la práctica de los
derechos humanos en el marco del ejercicio ciudadano, por el otro.
Esta grieta se debe, entre otras razones, a que muy poco es lo que se
avanzó en cuanto a construir una gobernabilidad esencialmente
democrática —que concierne a la relación entre el sistema político y la
ciudadanía— por la falta de adecuación de la política y del Estado a las
transformaciones sociales y culturales en curso, producto de acelerados
procesos de cambio en la configuración de sociedades informacionales y
del conocimiento donde convive, en permanente conflicto y
complementariedad, la (pos)modernidad y la tradición. Entre otras cosas,
estas “deficiencias afectan la viabilidad política de las estrategias de
desarrollo y pueden poner en peligro la legitimidad misma del régimen
democrático” (Calderón y Lechner, 1998: 12).
Estas configuraciones y procesos requieren la conducción de una nueva
acción política que tome en cuenta la mayor y mejor cooperación,
participación e incidencia efectiva de los ciudadanos, como sujetos
actores. De hecho, resulta paradójico que hoy en día asistamos a un auge
de la “cultura del yo” (privatización de actitudes y conductas) que
contrae drásticamente y cambia de forma el ámbito integrador —en tanto
espacio compartido, de encuentro— que representa lo público. Una
interacción que en el omnipresente espacio del mercado conforma
ciudadanos-consumidores o ciudadanos-espectadores; en ambos
casos, apartados en espacios privados e íntimos(1), bien demarcados en
sus intereses, pasivos en el juego político del poder (pertenencia
democrática).
Frente a esta situación, Fernando Calderón y Norbert Lechner se
cuestionan si “¿No es el estar-juntos-con-otros, esa comunidad de
semejantes, el espacio propiamente político de la democracia?” (:26). Y
si “¿puede la población de nuestras sociedades (o sea, nosotros) llegar
a ser ciudadanos? Vale decir: la gobernabilidad democrática presupone
ciudadanos, pero ¿qué hace la democracia para formar ciudadanos?”
(:38-39). A lo que le añado inevitablemente, ¿qué hacen los medios y las
tecnologías de la información y la comunicación (TICs), especialmente
Internet, para apoyar y fortalecer este proceso?
Precisamente, la gobernabilidad requiere patrones de corresponsabilidad
y complicidad entre el sistema político y los individuos como sujetos
de derecho convertidos en ciudadanos plenos —a partir de
prácticas sociales, sistemas institucionales y representaciones
culturales— que comparten algo común en libertad e igualdad. Todo esto
está profundamente ligado a procesos de democratización, de educación y
de revalorización de los derechos humanos(2), tal como lo
recalcan los autores mencionados:
La ciudadanía presupone que las instituciones puedan garantizar a todos,
como parte de los derechos individuales, todos los derechos sociales. En
consigna, sólo si hay derechos hay ciudadanos (:34).
¿POR QUÉ HABLAR DE CIUDADANÍA HOY?
De una manera real se empieza a percibir, como fundamento para la
consolidación de los noveles sistemas democráticos de América Latina, la
urgente necesidad de su legalidad y legitimación desde la sociedad
civil. No sólo en los ámbitos académicos, sino cada vez con mayor ímpetu
entre las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, el tema
de la ciudadanía va cobrando especial importancia por una serie de
razones que provienen fundamentalmente de cuatro vertientes:
a) Política:
La falta de reconocimiento y menosprecio, desde el tiempo de la Colonia,
de la cultura política de los sectores populares debido a razones
políticas e ideológicas que impiden concebir al “otro”, en sus múltiples
diferencias ?especialmente interculturales?, como igual (conciudadano).
Esto se manifiesta en desigualdad e injusticia social producto de una
profunda negación cultural y de una serie de sentimientos y
acciones arraigados de discriminación e intolerancia(3).
- Paralelamente, se observan marcados procesos de auto negación,
donde el “otro” se siente y percibe como inferior (ciudadano de segunda
o tercera clase) y desestima su propia identidad cultural.
- Se siente el agotamiento del sistema de partidos políticos. La gente
valora la política como necesidad de participar y ocuparse del destino
de la comunidad, pero siente que esta actividad fue “maleada” por un
grupo minoritario (“politiqueros”) que se aprovecha de ella para lograr
intereses personales o partidarios y, además, no deja participar a otros
en la escena política (clientelismo, nepotismo).
b) Histórica:
- Una modernidad aún inconclusa en la que conviven multiplicidad de
sentidos de vida y pluralidad de culturas, en cuyo seno se entrecruzan
diferentes lógicas de desarrollo que no logran ser resignificadas
y apropiadas por la gente debido a las concepciones lejanas y alejadas
desde las que fueron pensadas y transplantadas.
- Una larga etapa histórica de gobiernos de facto (militares) en
diferentes países latinoamericanos en la década de los años ’70 que
avasalló las posibilidades reales del ejercicio constitucional de
derechos, esencialmente los relacionados con la libertad de expresión y
opinión, y anuló las garantías constitucionales de los ciudadanos. Todo
ello, sumado a violaciones de los derechos humanos por medio del uso de
aparatos de represión y muerte, desgastó el sistema democrático y
perfiló un clima de injusticia en el que ?ahora en menor medida, pero
con clara evidencia? viven las mayorías alejadas o aisladas del poder
económico y político. Estas jóvenes democracias tienen aún mucho camino
por recorrer para recobrar la esperanza perdida y el sueño anhelado.