La ciudad como comunicación
Armando Silva, Colombia (Diálogos de la Comunicación
Edición N.23)
-elaboración
de una teoría sobre el graffiti en las ciudades contemporáneas, con
especial referencia a ciudades colombianas y latinoamericanas, y la
evolución de sus argumentos hasta la formulación de una tesis integral
sobre la ciudad intercomunicada por territorios urbanos.
I. DEFINICIÓN DEL GRAFFITI Y NUESTROS ESTUDIOS PRELIMINARES
Durante la década de los ochenta el graffiti se fue extendiendo con
características muy precisas en distintos países del continente,
generándose no sólo una frecuencia destacada, sino una estilística que
nos permite hablar de un nuevo momento contemporáneo del graffiti. En el
presente ensayo, que gentilmente me ha solicitado la revista DIA-LOGOS,
con el fin de que en él señalara la formación de una teoría sobre la
cual coinciden varios intereses para los estudiosos de la comunicación
social, quisiera poner en evidencia las condiciones que me condujeron,
en diversos escritos elaborados al respecto, para plantear una
definición del graffiti; en tal definición que pretendo, hasta la fecha
inexistente, me propongo contemplar tal clase de inscripciones dentro de
las otras que las acompañan a lo largo de la epidermis de cualquier
ciudad. Del mismo modo, también es nuestra intención destacar aspectos
culturales y sociales que sirvieron de fermento y trasfondo en América
Latina -y muy especialmente en Colombia- para que se diese tal
sobredimensión graffiti, hasta el punto que desarrollar un estudio sobre
tal fenómeno se convirtió en una necesidad académica y teórica
impostergable.
Entre 1978 y 1982, recogimos en distintas ciudades colombianas una
muestra de gran tamaño que nos permitió observar detenidamente el
comportamiento gráfico, expresivo y comunicativo del graffiti.
Posteriormente se propuso su estudio sistemático, para lo cual abrí
distintos seminarios en los que el tema era precisamente el graffiti
como acontecimiento social, político o artístico y plástico (1). Las
experiencias y deducciones de tal investigación se publicaron en mi
libro Una ciudad imaginada graffiti y expresión urbana (publicado por la
Universidad Nacional de Colombia en 1986). En esa publicación propuse un
sistema de valencias e imperativos que, al poner en funcionamiento de
manera dialéctica e interactiva, nos daría una definición de aquel
conjunto de mensajes urbanos que de manera empírica y bajo un reiterado
sentido común de asociar e identificar al muro, se acostumbra a
denominar graffiti. En realidad, luego de consultar la reducida
bibliografía existente, principalmente en español, inglés, francés e
italiano, tomamos conciencia del gran vacío al respecto, pues
prácticamente los estudios existentes, correspondían a muestras
fotográficas en la mayoría de los casos y en otros a análisis cortos
publicados como ensayos o artículos, en los cuales el enfoque era más de
tipo sociológico o psicológico. Las publicaciones hechas como libros,
correspondían a recolecciones de inscripciones hechas en sitios
históricos o turísticos, o recolección de tales mensajes escritos en los
sanitarios o incluso pequeños libros sobre las inscripciones de presos o
enfermos mentales, examinados por profesionales como manifestación de
conductas desviadas o patológicas. Una amplia bibliografía acompaña mi
libro mencionado donde doy cuenta de tales estudios. De tal suerte
propusimos un esquema de análisis que pudiese entrar a definir el
graffiti como proceso comunicativo, de características muy específicas y
que, si bien partía inicialmente de una muestra tomada en las ciudades
colombianas, la extensión de su definición debería cubrir el género
graffiti, en sentido universal, sin importar el lugar o ciudad de
origen. Como es apenas obvio, existirán ciertas características
históricas y regionales que cualifican tal tipo de comunicación de una
manera peculiar pero sólo a partir de comprender el graffiti como
género, podríamos argumentar las distintas mentalidades locales que
nutren y estructuran tal fenómeno urbano y contemporáneo. Nuestro
estudio y proceso lógico llegó a la siguiente conclusión: para que una
inscripción urbana pueda llamarse graffiti debe estar acompañada por
siete valencias que actúan a manera de correlatos: Marginalidad;
anonimato; espontaneidad; escenicidad; precariedad; velocidad y
fugacidad. Las tres primeras son pre-operativas, esto es, existen
previamente a la misma inscripción, por lo cual no habrá graffiti si no
le antecede el conjunto de las tres condiciones. La marginalidad traduce
la condición del mensaje de no caber dentro de los circuitos oficiales,
por razones ideológicas o simplemente por su manifiesta privacidad. El
anonimato implica una necesaria reserva en la autoría, por lo cual quien
hace graffiti actúa, real y simbólicamente enmascarado. La espontaneidad
alude a una circunstancia psicológica del grafitero de aprovechar el
momento para la elaboración de su pinta y también al hecho mismo de su
escritura que estará marcada por tal espontaneismo. El grupo de las
siguientes tres responde más bien a circunstancias materiales y de
realización del texto, por lo tanto las consideramos operativas; la
escenicidad apunta a la puesta en escena, el lugar elegido, el diseño
empleado, los materiales y colores utilizados y las formas logradas, con
todas las estrategias para lograr impacto; esta valencia atiende
entonces a la teatralización del mensaje dentro de la ciudad. La
velocidad atiende al mínimo tiempo de elaboración material del texto,
por razones de seguridad de sus enunciantes o por la presuposición de
poca importancia que se le otorga a su escritura. Con precariedad
queremos decir el bajo costo de los materiales empleados y todas las
actividades que rodean al acto graffiti de poca inversión y máximo
impacto dentro de circunstancias efímeras. La última valencia
corresponde a su vez a un último grupo que consideramos pos-operativo:
la fugacidad actúa una vez y posteriormente a realizada la inscripción
se puede considerar como la valencia que asume el control social, pues
entre más prohibido sea aquello que exprese; más rápidamente tendrá que
borrarse el respectivo mensaje por parte de los individuos que ejerzan
tales funciones de control, bien sea la misma policía, (guardias)
particulares o la misma ciudadanía que se sienta lesionada o denunciada.
Así, con fugacidad entendemos la corta vida de cada graffiti, el cual
puede desaparecer en segundos, o ser modificado, o recibir una inmediata
y contundente respuesta contraria a su inicial enunciado.
Dicho lo anterior podrá comprenderse nuestra definición: la inscripción
urbana que llamamos graffiti corresponde a un mensaje o conjunto de
mensajes, filtrados por la marginalidad, el anonimato y la espontaneidad
y que en el expresar aquello que comunican violan una prohibición para
el respectivo territorio social dentro del cual se manifiesta. (Una
ciudad imaginada: Graffiti y expresión urbana; P.28 y Sts., Bogotá. U.N,
1986). De este modo el graffiti corresponde a una escritura de lo
prohibido, género de escritura poseído por condiciones de perversión,
que precisamente se cualifica entre más logra decir lo indecible en el
lugar y ante el sector ciudadano que mantiene tal mensaje como reservado
o de prohibida circulación social. De acuerdo con lo dicho sus vínculos
con la denuncia política son naturales, pero tal conjunto de mensajes no
se agotan en ello, pues la dimensión política ha constituido un alimento
fundamental que ayuda a estructurar el graffiti contemporáneo, pero no
es su único patrimonio. Puede existir graffiti sin denuncia política,
por lo menos en el sentido explícito de la palabra política, y
justamente de eso hablamos en la nueva dimensión del graffiti en América
Latina. No se trata de no ser político, sino de acompañar la política,
no bajo el signo de la denuncia contestaria sino exaltando la
creatividad, insistiendo en la forma o practicando el humor corrosivo,
como en el uso de otros instrumentos en la manera de confrontarse los
ciudadanos con el acontecer de su país o ciudad. Apareció necesario,
entonces, agregar una serie de imperativos a nuestro sistema, que nos
ayudasen a concebir las causas que engendraban cada una de las
valencias. Fue así como se propuso el imperativo comunicacional que
actuaba en correlación con la marginalidad; el ideológico que originaba
el anonimato; la causa psicológica presente en la espontaneidad, lo
anterior para cubrir las valencias que ya habíamos depuesto como pre-operativas.
Al seguir con las siguientes ubicamos este funcionamiento; la valencia
escenicidad es consecuencia de un imperativo estético; la precariedad lo
es de razones económicas y un aspecto físico y material subyace a la
valencia velocidad. El último, considerado pos-operativo, tiene en lo
social mismo su imperante, por lo cual las circunstancias sociales de
cada momento y en el respectivo lugar o territorio urbano, se dan las
condiciones para considerar algo como socialmente prohibido o permitido.
Se podrá comprender ahora que una inscripción no es graffiti per se,
sino dependiendo de las circunstancias sociales e históricas dentro de
las que se conciba su mensaje; de la misma manera lo que comenzó siendo
graffiti puede que mañana no lo sea, o de la misma manera lo que es
graffiti en una comunidad, puede que en otra, aun dentro del mismo
tiempo y en la misma ciudad, no le corresponda tal cualificación.